sábado, 17 de marzo de 2012

Invitar a Jesús a casa


Por Monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y titular de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

Nacemos en el seno de un hogar. A veces con mayor armonía, otras en medio de dificultades. A veces con un pasar económico tranquilo, otras con graves necesidades. Pero en todos los casos, lo que mueve a vivir en familia es el amor mutuo.

No somos islas. Desde pequeños nos vinculamos y aprendemos a depender de los demás. ¡Qué bueno que lo primero que experimentamos en la vida sea que necesitamos de otros!

Y es en ese andar cotidiano que vamos aprendiendo a vivir. Caricias, mimos, cuidados, retos y límites nos ayudan a conocer lo que nos hace bien y lo que nos hace daño. Y este aprendizaje se logra gracias a la confianza y el cariño. Poco lugar tienen los extraños en los primeros años de vida.

La vida familiar es muy valorada y apreciada en nuestro pueblo. Sin embargo, estamos atravesando un tiempo de grandes desafíos que condicionan y llegan a poner en riesgo la convivencia en casa.

Visualizamos dos cuestiones que inciden de manera negativa en la familia. Una es la pobreza. Cuando la vivienda es pequeña o muy precaria se viven situaciones de hacinamiento que favorecen los roces, discusiones y hasta promiscuidades que llegan a veces a abusos sexuales. Cuando la desocupación es prolongada hay riesgos de depresión y acudir al alcohol o las drogas, con la consecuente violencia doméstica que suele producirse. Otro peligro que aparece es la tentación del “jugar para salvarse” que agrava aún más la situación de indigencia. La miseria golpea duramente la convivencia familiar.

La otra cuestión que afecta de modo negativo tiene que ver con la situación cultural.  
No se nos escapa la crisis de valores que atraviesa la sociedad. Hace unas semanas había escrito acerca de la fragmentación de la persona, el gran individualismo que promueve el hedonismo, el consumismo, el relativismo moral. Todos ellos son obstáculos serios para construir relaciones estables, la vida familiar, para el noviazgo, para los amigos. Es como si todas las dimensiones de relación de la persona humana estuvieran como una tela gastada, que apenas sostiene.

A veces nos sentimos incomprendidos o poco valorados en el propio hogar. Y otras nos encontramos lastimando con nuestras actitudes a aquellos que más queremos. La vez pasada una mujer me decía con dolor: “no sé cómo manejar mi carácter; le hago la vida imposible a mi marido y mis hijos”. Puede sucedernos que queremos cambiar y no lo logramos. Hay quienes tienen un malestar interior y otros pagan las consecuencias de su amargura.

La obra salvadora de Dios llega a lo profundo del ser humano y redime también los vínculos y afectos. Nada es ajeno al amor de Dios. Su plan es nuestra felicidad y plenitud. Por medio del sacramento del matrimonio Dios enriquece el amor humano y da su gracia para ser mutuamente fieles. Ese vínculo es expresión (signo) del amor entre Cristo y la Iglesia.

Quienes se separan y luego viven en otra unión de la cual también tienen hijos, deben esforzarse en su educación y atención con cariño. Dios —y la Iglesia— los aman como lo que siguen siendo: sus hijos.

Él nos ama de verdad y nos conoce como nadie en el mundo. Nos hizo para el amor, el diálogo, la concordia. Para la felicidad.

Y sabemos que la familia se construye y fortalece con lo que cada uno es en concreto.
Ser varón, ser mujer, ser adulto, no son lugares o identidades menores en la familia y la sociedad.  No da lo mismo estar presente o ausente.

Personalidades inmaduras o inseguras suelen explicarse por vínculos familiares endebles o adultos ausentes en la niñez y la adolescencia. Las experiencias de profunda soledad son dolorosamente cada vez más comunes.

Rezar juntos nos fortalece y alienta para vivir juntos. Un lema de una campaña de años atrás decía: “La familia que reza unida, permanece unida”. La oración nos ayuda a invitarlo a Dios a compartir la vida de la familia. Dar gracias por los alimentos, rezar antes de irnos a descansar, bendecir a los niños en la frente, celebrar los aniversarios o cumpleaños yendo juntos a misa, son algunos elementos muy sencillos, pero que fortalecen mucho.

Dios vive entre nosotros, y en cada familia. Por eso la llamamos “pequeña Iglesia”. Y eso es algo grande.  

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